domingo, agosto 30, 2009

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL MACHISMO, por Andrés Montero Gómez

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL MACHISMO

El proceso de sensibilización y concienciación sociales en violencia masculina hacia la mujer ha sido largo y continúa siendo difícil. Es muy natural que existan multitud de resistencias, que son resistencias culturales, porque la violencia es siempre un instrumento de dominación del otro, en este caso de la otra. Quien se beneficia de la dominación opondrá intransigencia a que le sea erradicada. La violencia es una conducta compleja puesta al servicio de una idea de imposición. Imaginen cualquier expresión de violencia y siempre la encontrarán relacionada con la intención, por parte del agresor, de imponer algo a la víctima, a la persona agredida. Desde la violencia legítima o ilegítima de un soldado en la batalla, hasta la contención también legítima que ejercen las autoridades en una manifestación callejera, pasando por las ilegales muestras de violencia de un atracador o un terrorista, para terminar en la violencia sostenida que puede ejercer un hombre sobre cada una de las dos millones y medio de mujeres maltratadas en España, todas ellas son instrumentaciones de fuerza para hacer que otras personas se comporten como quien ejerce la fuerza pretende que se comporten. La violencia se utiliza para imponer unas voluntades sobre otras.
En las democracias basadas en el imperio de la ley existen una condiciones tasadas que otorgan a determinados actores la facultad de ejercer violencia legítimamente. Determinadas circunstancias otorgan a los poderes públicos la legitimidad para obligar a un ciudadano o ciudadana de hacer algo por la fuerza. Esas condiciones están pactadas en la ley por todos y todas, y se supone que constituyen el mal menor al que recurrimos cuando existe algo que nos amenaza. Fuera de ellas, de esas condiciones, las violencias son ilegítimas e ilegales.
Existen dos premisas que debemos afrontar sin prejuicios si queremos comprender, de verdad, la violencia masculina hacia la mujer. La primera es que la violencia ilegítima se utiliza por personas que quieren imponer, ilegalmente, su voluntad a otras. La segunda es que la sociedad, todavía, está construida en función de códigos masculinos de poder y de dominación.
La violencia masculina hacia la mujer se asienta sobre códigos de desigualdad y asimetría intergénero que se transmiten socialmente. Los hombres han detentado y detentan el poder social, aunque actualmente bastante menos de lo que lo han venido haciendo. Tradicionalmente, los hombres hemos utilizado los medios que hemos estimado oportunos para mantener el poder, también para disputárselo a otros hombres. A las mujeres las hemos contenido por la fuerza. Lo hemos hecho también socializándolas en código masculino. A riesgo de simplificar, lo que ha ocurrido, desde hace muchos años a esta parte, ha sido que el desarrollo económico, en combinación con las guerras que íbamos desencadenando para disputarnos el poder entre hombres, han generando las condiciones para que el hombre cediera parte del poder a la mujer. Esta cesión, considerada como necesaria por el propio hombre para mantener los niveles de progreso social, ha venido impulsada por la sinergia que convergía con la propia toma de conciencia, por parte de la mujer, de su condición de ser humano, condición que ha tenido que pelear utilizando a menudo los mismos códigos masculinos implantados e inoculados socialmente. Si este planteamiento suena a feminista no es tanto porque lo sea, sino porque coincide muy ajustadamente con la realidad de una historia, la del ser humano en masculino, que el movimiento feminista, a pesar del lastre de sus luchas internas, nos ha estado recordando para subrayarnos que nos queda mucho camino para la igualdad.
Pues bien, el hombre ha cedido poder pero pretende cederlo hasta un límite. Desde luego, la violencia hacia la mujer siempre ha existido. Los hombres y la sociedad masculina siempre han considerado que cierto tipo de violencia era legítima para contener el comportamiento de la mujer. Piensen en lo que hemos tardado en aceptar y tipificar que la violación en el seno del matrimonio constituía un delito. Todo el movimiento, por cierto impulsado por mujeres y en donde los hombres hemos colaborado poquito, de visibilización del fenómeno de la violencia masculina en relaciones heterosexuales no es más que otro paso adelante para subvertir el modelo subyacente de masculinidad hegemónica. Por tanto, es muy natural que la mayoría de los hombres y muchas mujeres, aquéllas de actuar inconsciente por estar socializadas en el código hegemónico, se estén resistiendo a aceptar unas clarísimas evidencias en torno a la violencia masculina.
Existe todo un movimiento de adaptación machista que cursa en contra de la revolución destinada a subvertir los códigos de masculinidad dominante. Ahora mismo, esta contrarrevolución masculina se asienta sobre tres vectores. El más estructural es considerar que el ecosistema de igualdad ya existe y, por tanto, que las mujeres llegarán a ella por pura inercia. Lo peor de este vector no es ya su propia existencia ignorando la realidad, sino que los hombres han marcado los parámetros de esa igualdad, pues se trata de igualdad codificada en claves masculinas. La frase que lo representa, pensada por un hombre, sería algo así como: 'OK, queréis ser iguales... pues vais a ser iguales a mí, jugando con mis reglas'.
El segundo vector para contrarrestar la desmasculinización hegemónica de la sociedad es afirmar que la violencia de género es bidireccional. Actualmente hay varias investigaciones universitarias en España que están realizando trabajos de campo para obtener datos que cuantifiquen esa bidireccionalidad de la violencia heterosexual. El argumento de fondo a plantear, para desactivar todo lo logrado para erradicar la violencia masculina hacia la mujer, consistiría en postular que las agresiones del hombre son una respuesta a la violencia psicológica contra ellos ejercida por las mujeres. El machismo que detenta el poder social no dudará en presentarse como víctima del feminismo.
El tercer recurso machista, que se está cocinando entre significaciones y estadísticas, sería que la mayoría del maltrato es leve. Esta última instrumentación argumental pasa por restar suelo a los esfuerzos de la ley integral para desarmar la violencia desde su raíz. Y es que la violencia masculina es un proceso sistemático y continuo, que comienza con control y aislamiento de la mujer, para seguir siempre con violencia psicológica y luego añadir, o no, violencia física. Esta tercera tesis de la contrarrevolución masculina persigue localizar la acción antiviolencia de los poderes públicos únicamente en los casos en donde exista agresión física con resultado de lesiones, respaldadas por parte facultativo. Es decir, desmontar la penalización de la violencia masculina desde sus inicios que ha logrado la ley integral. El objetivo de fondo es retornar a un código penal, sin enfoque de género, que nos han contado que es 'neutro', puesto al servicio de la hegemonía masculina. No existe maltrato leve, sino momentos en el escalamiento de la violencia. Quien opine que una discusión no es maltrato acierta. Quien opine que insultarse en una discusión no es maltrato se equivoca. Quien opine que insultarse es leve, o empujarse o negar el afecto, o ridiculizar de manera continua al otro o a la otra son prácticas de levedad, entonces está colaborando con su opinión en dificultar el acceso social a la igualdad, porque está legitimando la violencia.

martes, agosto 11, 2009

RECOMENZAR EN IGUALDAD DE GENERO, por Andrés Montero Gómez

RECOMENZAR EN IGUALDAD DE GÉNERO

La nueva legislatura en el Congreso de los Diputados arranca con una diputada menos que la anterior. Y ello a pesar de la Ley de Igualdad, que obliga a la quasi-paridad en las listas electorales. Los partidos políticos, todavía genéticamente tan machistas como la sociedad a la que reflejan, se las han ingeniado bien para mantener el poderío masculino. Realmente pienso que hemos avanzado mucho, pero nos estamos deteniendo. La sensación es que hemos llegado a un muro invisible, que no es de hormigón sino de una goma inquebrantable que se dobla al contacto pero nunca se rompe, recuperando su forma tras la presión pero desgastando sin pausa a quien la presiona. Esa goma es el sistema, la estructura social que hemos interiorizado hombres y mujeres desde la infancia, que continúa reproduciéndose y observándose en niños y niñas de escuela, en chicos y chicas de universidad. El hombre por encima de la mujer, el hombre legitimado para mantenerse por encima de la mujer, protegiéndola de sí misma.

Los últimos asesinos de mujeres pretendían protegerlas de sí mismas, de su libertad. La violencia de género es un crimen por convicción, en donde el hombre se siente legitimado, convencido, de ser el intérprete de la realidad con la que debe vivir una mujer. Si ella no se ajusta a esa realidad predeterminada desde la masculinidad dominante se convierte en una amenaza que hay que desarmar por la fuerza de la violencia. Hay más de dos millones y medio de hombres rompiendo mujeres a diario en España. Los últimos asesinos, aquéllos que están tras las rejas del Código Penal de un sistema que el propio sistema se resiste a asimilar, están ahora pensando que hicieron lo que debían y que, en todo caso, las autoridades deberían haber intervenido antes para enviarlos a unos cursos que les ayudaran a controlar mejor a sus mujeres para que no tuvieran la necesidad de matarlas.

La mayoría de los agresores de mujeres reconocen que tienen un problema. A ellos les gustaría no tener que llegar a los niveles que llegan de agresión si encontraran una manera, digamos menos molesta, de controlar a sus mujeres. Hay cada vez más esfuerzos de intervención terapéutica financiados por los poderes públicos que se denominan cursos de rehabilitación. No son terapias o programas de reinserción o iniciativas de reinvención del hombre, sino cursos. Los agresores acuden allí, por tanto, a aprender. Ignoro lo que aprenden realmente en esos cursos, pero la que sí tengo clara es la definición del modelo mental con el que estos hombres están interpretando la realidad de esos cursos.

En la mayoría de los agresores (se salva menos de un 5%), el objetivo es mantener la pareja, continuar controlando a su mujer de otra forma, que no se note tanto, que no le ocasione tantas molestias con la sociedad a su alrededor, con esos grupos de feministas que están empeñadas en abolir el patriarcado. ¿Qué patriarcado?, se preguntan ellos. ¡No se puede ir contra la naturaleza y el hombre es el hombre!
El problema que reconocen tener la mayoría de los agresores de género es la mujer con la que conviven, que les hace la vida imposible, que quiere vestir a su antojo, sentir a su antojo, moverse como un ser humano dotado de voluntad y conciencia autónomas, incluso pensar. El problema de la mayoría de los agresores de género es que las mujeres quieren ser.

La violencia de género es la negación del ser a la mujer y los agresores, los encargados de anular la capacidad de ser de una mujer. La sociedad continúa sin entenderlo, y lo peor es que en este momento cree que ya lo entiende, que no es necesario hacer más que cursos de formación, terapias de pareja, intervenir nada más que en las agresiones graves, dejar los insultos en la pareja como algo normal de una discusión. Lo peor en el momento de afrontar un problema no es reconocer que no lo tienes, sino creer que ya lo comprendes y que has puesto todo lo necesario para solucionarlo.

No es la Ley Integral de 2004 para la erradicación de la violencia de género lo que deja de funcionar cada vez que un hombre asesina a una mujer o la Ley de Igualdad la ineficaz cuando tenemos una diputada menos, es la propia sociedad la que ha fallado. Si no entendemos que la Ley Integral sobre violencia de género no está encaminada únicamente a extinguir la violencia sino a subvertir el modelo social, cada vez que asesinen a una mujer culparemos a una ley que no funciona.

La que no funciona es la sociedad en la imperiosa necesidad de aislar, marginar, rechazar y reprimir cada mínima conducta de dominación de una mujer por un hombre; la que no funciona es la sociedad cuando no entiende que no estamos ante un problema aislado de violencia, sino que esa violencia es la expresión de una estructura subyacente que legitima la superioridad del hombre hacia la mujer; la que no funciona es una sociedad en donde todos los esfuerzos para erradicar la violencia de género son impulsados por mujeres, en donde los hombres nos consideramos ajenos al problema porque lo contrario significaría reconocer que todo lo que nos han hecho sentir desde la infancia es ilegítimo y falso.

Contra la violencia de género hay que desaprender todo lo que hemos aprendido sobre hombres y mujeres. Y la próxima legislatura, con una diputada menos, hay que ser valientes, tan osados y osadas como hemos venido siendo pero con muchos menos complejos. Hay que resituar a las instituciones para afrontar mejor el problema. La Delegación Especial del Gobierno debería alojarse en La Moncloa y salir del Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, un espacio en donde las competencias están transferidas en su práctica totalidad a las comunidades autónomas.
Hay que acercar el centro de gravedad institucional a la pirámide de las políticas de Estado. Y hay que poner a un hombre a ejercer de delegado adjunto del Ejecutivo, bajo la dirección de una mujer. La Delegación del Gobierno debe tener representantes de las autonomías en su comité de dirección. La ley hay que dotarla de presupuesto y hay que reformular la seguridad en torno a los agresores y a las víctimas. Ahora que parece que hemos conseguido algo hay que renovarse como si no hubiéramos conseguido nada, porque realmente estamos al principio del principio.


Andrés Montero Gómez es Director del Instituto de psicologia de la violencia.

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